"¡Levántate! Se te hará tarde" me
repetía mientras continuaba abrazando mi cobija, ese sábado a las ocho de la
mañana. Parecería un día más, pero después de dos sábados seguidos yendo a
vender comida cerca del famoso gallito de la ciudad de Puebla, este sábado con
el aumento de los ya famosos "burritos de Leslie" no podía darme el
lujo de llegar tarde. Me levanto casi sin ganas, me lavo la cara y continúo mi
prometedora rutina. Salgo a comprar las cosas necesarias para cocinarlos y
empaquetarlos, pero decido ir al "Wal-Mart" en transporte público,
porque mi ansiedad me decía que llegaría tarde...
Salgo de la privada en donde vivo, comienzo a
correr y una combi blanca con azul estaba parada frente al semáforo en rojo, me
abre la puerta y subo, pago mi pasaje y tomo asiento. Llego en 3 minutos y al
momento de decirle "bajo por favor", continúa su trayecto, repito
"bajo" y noto cómo sigue avanzando. "Estoy perdiendo más
tiempo" digo entre dientes, pero al parecer mi molestia traslada las
palabras y mi cara lo expresa, ya que la señora de enfrente no deja de verme y
vigilar cada expresión que hago. Continúa su trayecto, y después de una vuelta
innecesaria para mí, vuelvo a pedir que me baje y esta vez, abre la puerta y
logro bajar.
Corro hacia el famoso Wal-Mart, tomo un
pimiento grande amarillo y unas bolsas resellables, camino hacia la caja y un
amable cajero me dice "son 34 pesos". Pago, le doy dinero a la
empacadora voluntaria y salgo corriendo. Después de volver a correr, logro
llegar a la otra tienda, una "Bodega Aurrera Express" para comprar
los ingredientes que me hacen falta, pido un cuarto de jamón de pierna y tomo
tres paquetes de queso tipo manchego. "Apúrate, se te va a a hacer
tarde" no dejo de repetirme, por lo que mis pasos son cada vez más
rápidos. Logro conseguir dos paquetes de tortillas de harina y comienzo a
preparar los burritos.
El olor de la carne de res, sazonada con salsa inglesa
desprende un olor que me hace recordar que no he desayunado, mi mamá me prepara
una espumosa malteada de vainilla, me la tomo a grandes sorbos y continúo en mi
preparación.
"Te dije que llegarías tarde" no dejo
de repetir cuando veo el reloj y son las doce. "¿¡Ya tan rápido!?"
comienzo a gritar y a correr de nuevo frente a la paciencia de mi mamá, que
después de ayudarme, decide sentarse y prepararse una torta de jamón y queso.
"Te disparo unos burritos para que no estés sin desayunar" son las
últimas palabras que escucho de mi mamá antes de seguir con mi apurada labor.
Subo a lavarme los dientes, a cambiarme la playera, bajo las escaleras y
prosigo con mi ocupada mañana, meto una libreta, un suéter, una botella de agua
y tres carteras a mi mochila gris con mariposas, me despido de mi mamá, que se queda desayunando mientras yo salgo corriendo.
Al pisar la parada espero algún camión que me
lleve a mi destino, no pasa ninguno y mi desesperación aumenta, pasa la ruta 14
que me deja más cerca, me subo pago y confío en que hará su magia al volante…
me equivoco.
Comienza a una velocidad tranquila, que pronto
se convierte en la tortura de una hora de camino de ciudad judicial a reforma,
una hora que hacía que mi mente pensara cosas jamás pensadas hacia una persona,
esa persona que hacía parada en cada cuadra, a pesar de no haber ni un ser
viviente en esas calles. Miro el reloj y veo cómo caminan las manecillas, siento
un enardecer en mi cara que se traslada al resto de mi cuerpo, cosa que tampoco
había sentido… “Te hubieras levantado más temprano” me reprocho y miro al
conductor… “No vuelvo a llegar tarde” me repito y confío en que lo cumpliré… la
próxima semana.
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